FERMÍN DURÁN, CAZADOR DE DRAGONES

Premio del III Concurso de Relatos Teruel.       Publicado en Revista TURIA nº 19 (1992) y en TODO SON CUENTOS (Calambur, 1999).

dragones

 

FERMÍN DURÁN, CAZADOR DE DRAGONES

 

Todo el mundo piensa que mi experiencia como empresario ha sido breve y exitosa, pero yo siempre la recordaré como la peor etapa de mi vida.

Considerado entre todos mis conocidos como un vago sin pretensiones, nadie se extrañó de que me arriesgase a fundar tan estrafalario negocio. Las únicas críticas vinieron por parte de Idolatración Valdés, mi vecina del principal derecha, parapsicóloga de cierto renombre que, gracias a su habilidad para entrar en contacto con los espíritus de grandes descubridores, optaba por conseguir un stand en la Exposición Universal de Sevilla. Cuando conoció mi proyecto amenazó con llevarme a los tribunales por intrusismo profesional.

El resto de las personas que estaban enteradas de mis pretensiones solían guardar silencio o desviar la conversación. Lo más parecido a una frase de aliento fue el comentario de mi cuñado en una de sus frecuentes borracheras, pero incluso el alcohol resultó insuficiente para disimular su gesto escéptico: “Lo difícil es empezar, como en todo,  pero de aquí a un par de años… quién sabe dónde estaremos”.

Ignoraba dónde estaría en un par de años, pero lo que tenía claro es que no seguiría en el negocio que entonces estaba en fase de proyecto. Si por algo había decidido instalarme como cazador de dragones fue por ser la idea más disparatada que cruzó por mi mente cuando me planteé sacar provecho de las subvenciones que, el Gobierno Regional y la CEE, ofrecían para la instalación de nuevas empresas dentro de la región y por la creación de nuevos puestos de empleo. Presenté todos los impresos de solicitud dentro de los plazos reglamentarios, compré una mesa de despacho y un fichero en una tienda de muebles usados e improvisé una oficina en mi apartamento. Enmarqué en la puerta del mismo una placa dorada en la que podía leerse en letra negra gótica “Fermín Durán, cazador de dragones”, por si la Administración tuviese intención de hacer algún tipo de inspección y me dispuse a esperar la respuesta, confiando en que el funcionario correspondiese todo sin leer el proyecto, y mucho menos la memoria que consistía en una copia mecanografiada del primer capítulo de “Memoria de un cortesano de 1815”, de Benito Pérez Galdós, que me pareció la más apropiada de la docena de memorias que ojeé, aunque solo fuese por su respetuosa introducción: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, doy principio a la historia de una parte muy principal de mi vida…

Seis meses después recibía la aprobación de mi proyecto y un año más tarde me ingresaban el primer plazo de la subvención a fondo perdido. Con este dinero y cumpliendo el requisito de crear puestos de trabajo, me vi obligado a contratar a media jornada a un auxiliar administrativo. Este joven me creó bastantes problemas desde el primer día. Resultó ser una persona activa y con aspiraciones, y subirme un café a media mañana y estar pendiente del teléfono lo consideraba algo vejatorio y fuera de sus atribuciones. Lo cierto es que terminó por no hacer nada desde que opté por bajar a tomar el café, en lugar de esperar a que me lo subiese del bar más próximo, mientras el teléfono seguía sin sonar salvo esporádicas equivocaciones. Y eso que su número se anunciaba flamantemente a media plana en las Páginas Amarillas y aparecía remarcado todos los domingos en la contraportada de los diarios “El País” y “ABC” con un contundente slogan: “¡¡¡No sufra más!!! Líbrese para siempre de los molestos dragones. Llame hoy mismo a Fermín Durán, cazador de dragones. Somos la empresa líder en el sector. Teléfono 666006”

Nada de esto me preocupaba. Todo estaba saliendo según los planes previstos. Ni una sola llamada, el número de acreedores en aumento, el contrato de mi único empleado vencería al mes siguiente y no había perspectivas de poder renovárselo. Si todo seguía igual, a final de año debería proceder a la suspensión de pagos y al cierre de la empresa. Si los cálculos no me fallaban, entre el subsidio de paro y lo que me quedase en el banco de las subvenciones a fondo perdido, podría vivir otro año más sin necesidad de trabajar.

Así veía el futuro de la empresa cuando sonó el teléfono a las ocho de la tarde:

– ¿Fermín Durán, cazador de dragones?

Podía haber contestado que el horario de oficina terminaba a las tres de la tarde, o que se había equivocado de número, pero la curiosidad fue más fuerte:

– Fermín Durán al aparato…

El aviso era de Marbella. Llamaba la empleada del servicio de Concepción Escribano, una artista de la canción española muy popular y bien relacionada con la aristocracia. La señora de la casa sospechaba de la presencia de un dragón en su piscina y requería mis servicios con urgencia.

Con muchísimo escepticismo y con el firme propósito de sacar el máximo provecho económico de ese desplazamiento que pensaba que fuese el primero y último marché a Marbella, no sin antes pasar por una tienda de antigüedades donde hice una nueva adquisición para la empresa: una celada, el peto de una armadura  y una lanza de más de dos metros de longitud. De aquella guisa me presenté en el jardín de la clienta que, emocionada ante mi aparatoso atuendo, me explicaba los pormenores del caso. Su mirada estrábica enmarcada en rímel y sombra de ojos violeta, su pulso temblón acompañado del molesto tintineo de un centenar de joyas y el vaso de ginebra con hielo a las diez de la mañana me hicieron dudar de la veracidad de todo aquello que iba contando conforme nos acercábamos a la piscina.

Al llegar allí yo fui el más sorprendido. Una quimera legañosa se paseaba con petulancia por la piscina ovalada; debía ser el dragón al que hacía referencia la famosa artista. Al sentirse observado, aquel fenómeno de la naturaleza hizo una exhibición de sus poderes dejando escapar una pestilente llamarada por la boca. Entonces, a pesar de que nunca antes había visto algo similar, resolví que debía tratarse de un dragón:

– Efectivamente, tiene usted un dragón dentro de la piscina.

Y ella, no sé si asustada u orgullosa por mi declaración, me imploró:

– Haga algo.

Le di varias posibilidades mientras pensaba cómo salir de aquel embrollo:

– Un dragón puede capturarse… ahuyentarse… ser devuelto a su medio natural… o puede matarse.

– ¿Y siempre es la misma tarifa? –preguntó la artista esquivando una nueva llamarada de la bestia.

– No, claro… Matarlo, como todo lo que suponga incrementar el riesgo profesional, lleva un sobrecargo.

– Entonces, ¡mátelo! –resolvió sin pararse a pensar.

Busqué la forma de darme tiempo para idear algo:

– En esto de cazar dragones es conveniente esperar al crepúsculo… aprovechar su momento de menor actividad es fundamental… Sobre todo cuando se trata de matarlos.

Surgió un nuevo problema. La empleada con la que había hablado por teléfono resulto ser proteccionista y, al oir mi última frase, salió del seto tras el que había espiado toda nuestra conversación. Enfurecida, se proponía evitar lo que consideraba un delito ecológico:

– ¡No lo permitiré! Que lo devuelvan al mar, o a los bosques, o a la caverna de donde vino. Estoy dispuesta a llevármelo a casa si es necesario, pero no permitiré que lo maten.

Pese a la decisión con la que se oponía la asistenta, la señora de la casa insistía:

– He dicho que lo mate.

– Si lo hace la denunciaré –amenazaba la empleada, sin ningún miedo a posibles represalias.

– ¿A qué espera? ¡Mátelo!

– Sería mejor esperar a…

– ¡Ahora!

– ¡No si yo esoy delante!

Mientras discutían, cada vez más irritadas, me aproximé a la orilla de la piscina. El dragón medía poco más de un metro, no sé si por tratarse de un alevín o porque debiera ser ese su tamaño definitivo. Tenía el cuerpo cubierto de escamas irisadas y lucía cuatro patas terminadas en garra, una larga cola con púas posiblemente urticantes, alas de quiróptero y aletas de pez, como si estuviese adaptado para desenvolverse en cualquier medio. Se movía nervioso de un lado al otro de la piscina, molesto por los gritos de las dos mujeres, dejando escapar una llamarada de sus fauces, cada vez con menos intensidad. En una de esas llamaradas el animal quedó frente a mí, mirándome con gesto estúpido mientras tomaba aire para despedir un nuevo fogonazo. No perdí la calma, esperé a que su boca se abriera nuevamente en un desproporcionado bostezo ardiente y aproveché la ocasión para clavarle la lanza en el paladar. Lanzó un quejido y comenzó a sangrar profusamente mientras se alejaba malherido a la orilla opuesta.

No me sentía satisfecho de mi hazaña, pero consideré más fácil matarlo que capturarlo y tener que decidir más tarde qué hacer con ese monstruo. Además cumplí con los deseos de mi clienta, así que no tendría por qué estar arrepentido.

Desde luego, me dio pena ver morir al animal, pero tampoco era para tomárselo como la sirvienta que, despojándose de su delantal blanco, se lanzó a la piscina y llorando abrazaba al dragón agonizante dentro del agua turbia, teñida por la sangre negruzca del primer dragón que veía en mi vida.

No sería el último que viese, y así tuve la oportunidad de constatar que al menos existían doce especies distintas que variaban entre los quince centímetros de los menores y los seis metros de los mayores. Los había de interior o de exterior, de verano, invierno o toda época, inofensivos y sumamente peligrosos. Pero o más curioso que la gran variedad de especies resultaba el hecho de que los dragones comenzasen a proliferar como nunca hubiese imaginado.

A la llamada de Concepción Escribano y sus emocionantes declaraciones en varias revistas del corazón, siguieron los avisos de la marquesa de Raimondi, una aristócrata italiana autoexiliada de su país desde el ajusticiamiento de Mussolini, la llamada de una excéntrica millonaria que aseguraba haber sido amante de Claude Chabrol, Werner Herzog y otros directores de cine, y el desalojo de un dragón del taller de un modisto homosexual, afincado en San Sebastián que, tras librarse de su molesto inquilino, diseñó una colección de modelos para la temporada de otoño inspirados en mi acorazado traje de trabajo. Fue la nueva moda de la gente bien y no había casa, finca o cortijo donde no habitase alguno de aquellos engendros.

Este incremento de la demanda me acarreó, además de un sinfín de falsas alarmas ante el descubrimiento de salamanquesas, camaleones y vulgares sapos, muchos más problemas de los que mi débil espíritu era capaz de afrontar.

En primer lugar tuve que planificar un aumento de plantilla, puesto que las llamadas se multiplicaban y yo solo no podía atender a todos los casos. En la Oficina de Empleo no sabían qué tipo de trabajadores enviarme y el INEM optó por nombrar a mi empresa como centro colaborador para que formase a sus propios trabajadores, lo que suponía comprometerme a dar cursillos para preparar personal cualificado. En consecuencia, al horario de oficina y a las visitas a domicilio se añadió la obligación de impartir cinco horas de clase durante cinco días a la semana. A todo este embrollo se sumó la primera denuncia, la de Idolatración Valdés, dispuesta a asegurarse el famoso stand en la Expo de Sevilla. En su denuncia hacía constar que el trato con los dragones era competencia exclusiva de los parapsicólogos y que yo no podía acreditarme como tal ni estaba inscrito en ninguno de sus colegios profesionales. Coincidió con el aviso de esta denuncia la visita de mi auxiliar administrativo: el incremento de trabajo, así como el aumento de beneficios en la empresa le obligaban –dicho con estas mismas palabras- a solicitar un aumento de sueldo que resultó ser desmesurado. Como quiera que me negué a aceptar las exigencias de mi empleado, éste decidió establecerse por su cuenta y así apareció mi primer competidor serio. Andaba ocupado en encontrar un sustituto adecuado cuando recibí la segunda denuncia. La firmaba un colectivo llamado Ecologistas Mitológicos, que abogaban por la protección de los últimos ejemplares de unicornios, pegasos y quimeras. Su presidenta era una mujer decidida y preciosa a la que tuve el gusto de reconocer, cuando apareció posando desnuda en las páginas de la revista Interviú, como la empleada del servicio de la primera casa que visité en Marbella por motivos profesionales. Prensa, radio y televisión hablaban del boom de los dragones, los editoriales de los periódicos estaban llenos de comentarios sarcásticos acerca de mi negocio. Concepción escribano me llamaba a todas horas, ansiosa porque aceptase su invitación para pasar un fin de semana en su chalet. Apareció un inspector de Hacienda a revisar mi desordenada contabilidad y éste huraño funcionario se convirtió en uno más de la multitud de visitantes que se movían día y noche por las habitaciones de mi apartamento, improvisando despachos, salas de juntas y hasta dormitorios.

Estaba reunido en la cocina con un hombrecillo miope que me había citado para aclarar a quién pertenecían los muebles, máquinas de escribir, fotocopiadoras, ordenadores e impresoras que se apilaban en las habitaciones, cuando llamó por teléfono la señora Asunción.

La señora Asunción era una pobre mujer que durante años se había ocupado de las tareas de limpieza en la casa de mis  padres. Se había enterado de mi negocio y creía tener en su piso algo que podría interesarme. Quedé en pasar a visitarla  alas cuatro de la tarde, no porque sintiese curiosidad por conocer lo que escondía en su casa, sino más bien por huir del trabajo y ver un rostro que me resultase familiar después de tantos días sin ver a mis amigos habituales.

Vivía la señora Asunción en una casa vieja de los arrabales de la ciudad, en el último piso de una finca de fachada desconchada. Entré al patio disolviendo la animada asamblea de una veintena de gatos escuálidos y ascendí por la escalera de escalones irregulares y baldosas rotas, en la más absoluta oscuridad y acompañado de los más diversos olores de la gama de los desagradables: col cocida, zotal, jabón de manteca…

Al entrar en el piso quedé cegado unos segundos. El sol entraba con fuerza por una pequeña galería inundada de geranios y jaulas con canarios y periquitos. Sobre la mesa estaba preparado el inevitable té con pastas.

Teníamos poco de qué hablar la señora Asunción y yo: de su artrosis, de mi soltería, de lo buenos que eran mis padres con ella y del tiempo, muy caluroso para esa época del año. Por eso nada más terminar su taza de té, sin más preámbulos, se levantó de la silla para aproximarse a una puerta y me anunció abriéndola:

-Supongo que como ya estás acostumbrado no te producirá mucha impresión.

En el interior de la cocina correteaban por las paredes pequeños dragones de color tierra, sobre la fregadera, entre platos sucios, sesteaba un dragón de desmesuradas dimensiones, por la ventana entraban y salían, con el indeciso vuelo de las moscas, dragones diminutos exhalando minúsculas llamaradas y turbios vapores de azufre. Una pareja de ellos interrumpió las fases de su cortejo para entrar en la sala y abalanzarse sobre las pastas de té. La señora Asunción cerró la puerta de la cocina, cogió una revista que había sobre su mecedora y de un golpe seco aplastó a los dragones que devoraban las pastas.

-¡Qué asquerosidad! –se lamentó- En estas casa viejas siempre ha habido algún bicho de estos, pero este año es una cosa…¡No puedo guardar nada en la despensa! ¡Para que luego venga la gente bien contando en las revistas la historia de sus dragones! ¡Como si hubiesen descubierto el mundo! Ya les daría yo…

No presté atención al resto de sus quejas. Estaba atónito. No tanto por la inenarrable marabunta de invasores que se había congregado en la cocina como por lo que suponía la declaración de doña Asunción: los dragones no eran un privilegio de los ricos, eran una plaga vulgar y molesta que se criaba en las casas humildes de los arrabales; los dragones siempre habían estado allí y si no se había luchado eficazmente contra ellos era porque se desconocía la existencia de exterminadores profesionales. Saqué rápidamente mis propias conclusiones: si la noticia se difundía ninguna persona pudiente reconocería tener dragones en su casa, descendería la demanda entre la gente rica mientras iría en aumento la de las clases media y baja, lo que supondría un descenso de las tarifas y, lo que es peor, un aumento en el número de casos y por tanto en las horas de trabajo. Un nuevo problema que se sumaría a los muchos que venía acarreando desde que me decidí a fundar la empresa.

-¿Podrás solucionarlo? –repitió por cuarta vez la señora Asunción.

Sin inmutarme alargué la mano hasta un periódico desplegado sobre una silla, lo enrollé con parsimonia, avancé hacia la puerta de la cocina y, brazo en alto, me decidí a concluir mi último encargo.

-A la una… a las dos… y a las… ¡Tres! –entré en la cocina dando golpes en todas las direcciones.

No tuve ningún problema a la hora de vender la empresa a los empleados. Esa estúpida manía de la gente de hoy de sentirse felices por el simple hecho de tener un trabajo facilitó mucho las cosas.

Fue una buena venta que me permitió, entre otras cosas, comprar una cama nueva, donde me dedico a pensar en próximos proyectos para cuando el dinero no dé más de sí.

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