TONTO EL QUE LO LEA

TONTO EL QUE LO LEA

Elifio Feliz de Vargas

Revista TURIA, nº 49 (Teruel, 1999)

Ilustración de Rubén Vidal

“Cuando uno tiene una idea entre manos,
no puede dejarse arrastrar por ideas que la
contradigan. O defendemos nuestra historia, o
cedemos a la tentación de convertirlas en
historias distintas”
(Gabriel García Márquez “Cómo se cuenta un cuento”)

Escucha esto: el domingo al mediodía lo encuentran ahogado en el fondo de la acequia, como ha asegurado Inés Tabernero.

Amador Tabernero, brigada de intendencia en la reserva, desaparecido de su domicilio durante la noche del miércoles, tiene el vientre hinchado, el rostro lívido, las orejas mordidas por los cangrejos y largas briznas de algas enredadas entre el vello de los brazos.

López Vidal, reciente inspector de policía, sin formación ni convicción, testigo privilegiado del patético espectáculo, no oculta la euforia que le produce enfrentarse a su primer homicidio y burla la gravedad del momento parodiando a Becquer: “De la acequia en el pozo profundo, por un buzo a mitad de jornada, silencioso y cubierto de lodo, hallóse el brigada”. No es el único de los presentes forzado a cruzarse con la muerte en su trabajo, pero al resto, meros figurantes de la desgracia, un hábito supersticioso les impide bromear en presencia del difunto.

Nadie ríe la ocurrencia. El buzo le abofetea con la mirada. Solo la sirena de la ambulancia está autorizada a emitir una histérica carcajada anunciando su llegada.

En principio, no resultan evidentes las señales de violencia en el cadáver y todos se inclinan a pensar que se trata de una muerte accidental. Amador Tabernero, extraviado a las afueras de la ciudad y en la oscuridad de la noche, habría tropezado con la valla metálica que delimita la acequia: un golpe desafortunado pudo hacerle perder el conocimiento, o tal vez el agua fría y el peso de la ropa entorpecieron sus miembros impidiéndole nadar. No hay que descartar la posibilidad de que nunca hubiese aprendido a nadar. Al fin y al cabo, qué necesidad tendría de saber nadar un soldado destinado en el Aaiún hasta las vísperas de la Marcha Verde.

Sin embrago, para un agente de policía siempre quedan preguntas sin resolver y López Vidal, en su inexperiencia, cumple al menos con este requisito buscando una explicación a la aparición de un hombre de costumbres rutinarias en un lugar que jamás frecuentaba. ¿Existían antecedentes de desorientación u otros indicios de demencia senil en la víctima? ¿Había algún motivo en su vida que pudiese inducirle al suicidio? Y al margen de las causas de la muerte, ¿cómo dar crédito a la declaración de Inés Tabernero que ha servido para determinar con exactitud el paradero de su padre?

Antes de que amaneciese el domingo, la hija del brigada desaparecido se ha presentado en la comisaría acompañada de su novio. Allí tenían suficiente trabajo con tomar declaración a borrachos y vándalos de fin de semana, o con tramitar denuncias a bares que incumplían los horarios de cierre, como para prestar atención a la histeria de una hija desesperada, pero ella ha insistido hasta que el comisario la ha recibido en su despacho.

_ ¿Cómo puede estar tan segura de que no lo ha soñado? –ha preguntado el comisario después de escuchar su alucinada declaración.

_ Lo he oído perfectamente. Era la voz de mi padre diciéndome dónde estaba. No había podido llamar antes porque estaba muerto y le llevó un tiempo adaptarse a su nuevo estado, me dijo antes de cortarse la comunicación. Yo estaba pidiéndole que no colgara, perfectamente despierta, como lo estoy ahora, cuando ha aparecido mi madre en la habitación preguntando quién llama. ¡Díselo tú, Marcelo!

Y Marcelo, el novio impresentable, se lleva una mano a la sien en un gesto que puede tener algún significado en otros escenarios, pero que en el despacho del comisario solo sirve para dejar a la vista los tres puntos de tinta que delimitan un triángulo entre los dedos índice y pulgar, una marca frecuente entre aquellos que han pasado por la cárcel. El tatuaje completo asoma por el escote de la camisa: un trasnochado emblema legionario.

El comisario, cansado de escuchar declaraciones de noctámbulos que aseguran recordar con toda claridad lo que sucedió ante sus ojos empañados por brumas de alcohol, ha optado por eludir el testimonio de Marcelo:

_ No hay que descartar la posibilidad de que se tratase de una broma de mal gusto, señorita Tabernero.

_ Conozco la voz de mi padre.

_ Si realmente era la voz de su padre, no puede estar muerto.

_ ¡Le digo que era la voz de mi padre y que está muerto!

_ Los muertos no hablan por teléfono. ¡Es imposible!

_ Improbable. Infrecuente. Inaudito, si lo prefiere. Pero que no haya ocurrido antes no significa que sea imposible.

La conversación deriva en una cuestión de matiz. Imposible, inaudito, infrecuente, improbable… el comisario se siente más atraído por las digresiones léxicas que por los interrogantes del caso al que se enfrenta. El inspector López Vidal no muestra ningún interés por las cuestiones de vocabulario y ha sido autorizado a desplazarse para comprobar la veracidad de la información recién revelada.

Más sorprendido que satisfecho López Vidal ve emerger al brigada, orondo y sonriente en su putrefacción, justamente donde su hija dice que él le ha dicho y, en consecuencia, la señorita Tabernero se convierte en el principal sospechoso de un delito de parricidio, al menos a los ojos del inspector López Vidal. Una conclusión simplista, en mi opinión, porque nadie ha podido apreciar indicios de remordimiento en la declaración de la hija del brigada.

Dejaré que López Vidal continúe con sus investigaciones, colocándose unos guantes de goma mientras se acerca al cadáver del brigada sin cubrirse la nariz con una mascarilla, como hacen los funcionarios municipales que colaboraron removiendo el fondo de la acequia hasta que el buceador dio con el cuerpo del desaparecido. Todo un profesional buscando circunspecto en los bolsillos del muerto y hurgando en el interior de su boca entreabierta, sin mostrar el menor atisbo de repugnancia. Metódico al ordenar las pertenencias del brigada en bolsas de plástico, al etiquetarlas y al reservar para sí alguna de ellas, con la intención de llevar ventaja en su pueril empeño por resolver el caso sin la ayuda de ningún compañero.

López Vidal regresa a su coche para examinar con discreción la prueba encontrada en el interior de la boca del cadáver: el falso permiso de residencia de Emily Balewa, inmigrante nigeriana. Satisfecho con su hallazgo lee el documento plastificado una y otra vez, como si se tratase de un arcano selvático que oculta las claves de la muerte del brigada, a la espera de poder continuar con su trabajo una vez que yo, como es habitual, todo lo que sé acerca de esa mujer.

Nadie recuerda ya el caso Balewa. ¿O será mejor decir que nadie recuerda todav´´ia el caso Balewa? Lo he llevado en el más estricto secreto durante años y ocurrió antes de que López Vidal alcanzase el cargo de inspector. Incluso antes de que accediese al cuerpo de la policía.

A la inmigrante nigeriana también la encontraron en el fondo de la misma acequia. Africana de rasgos inequívocamente africanos, con los pómulos marcados por un rudimentario tatuaje tribal, los dientes horriblemente separados, la piel de los brazos, las piernas y la espalda salpicada de pequeñas decoloraciones redondeadas, como lesiones de tiña o cicatrices de antiguas pústulas. El escaso atractivo aborigen que no quedaba a la vista estaba cubierto por la breve combinación que frecuentemente visten las prostitutas en los clubes de carretera. Ya sabes cómo te digo.

Hablar de su escaso atractivo se trata de una expresión perfectamente justificada desde el momento en que el forense descubrió que la víctima fue sometida a una ablación de los genitales, esa morbosa tradición de la que tanto hablan la prensa occidental y los grupos feministas. Se trataba de una ablación total, genitales externos incluidos. Supongo que la extirpación será más o menos drástica dependiendo de las convicciones islámicas de la familia, así que los Balewa debían ser unos devotos incondicionales de Ala y Mahoma, su profeta.

Como todo trabajo reporta satisfacciones, por inverosímiles que puedan parecernos, el forense mostró una emoción por encima de la profesionalidad a la vista del pubis de la inmigrante, hasta el punto de no dar importancia a la causa de la muerte: un clásico y monótono estrangulamiento con una media. Su informe eludía cualquier comentario a las lesiones letales para interesarse por las genitales y por el hallazgo fortuito que tuvo lugar cuando, al tomar fotografías del cadáver para mostrarlas más tarde a sus colegas, descubrió un trocito de papel que asomaba tímidamente dentro del sexo amputado. Se trataba de una tarjeta del Club Muni.

Si el caso Balewa hubiese pertenecido a López Vidal la única prueba del crimen habría pasado, húmeda y arrugada, al bolsillo interior de su americana, para no olvidar la dirección y apostarse a la entrada del local en busca de un sospechoso. Sin embargo a mí, que frecuenté el Muni en su época de esplendor, no me hizo falta leer la dirección escrita con letras minúsculas en la parte inferior de la tarjeta, me bastó con preguntar por el Comandante al entrar en el local para despertar las sospechas de todos sus empleados.

Al Comandante hacía mucho tiempo que nadie lo llamaba así. En otro tiempo le gustó que lo conociesen por ese nombre, cuando no tenía la categoría ni despertaba el respeto necesarios para merecer tal grado, mientras ocupó el puesto de sargento destinado en Bata y más tarde, cuando abrió el Muni al ser expulsado del ejército. Sin embargo, ahora que por la edad y su aspecto marcial podría pasar por un auténtico oficial en la reserva, se empeñaba en que todos le llamasen don Marcelo.

El Comandante fue pionero en el doble negocio de librar a jóvenes africanas de la miseria de sus países y esclavizarlas en la prostitución peninsular, pero en contra de lo que piensa la mayoría no se trata de una actividad mercantil exenta de riesgos, y no me refiero solo a los problemas legales, sino a la calidad del género. Algunas de las muchachas enfermaban y morían al llegar a España. Otras eran portadoras de parásitos o de enfermedades venéreas que lesionaban la salud de los clientes y la reputación del local. Unas pocas podían considerarse defectuosas, como Emily Balewa.

_ ¿Emily Balewa? –simuló sorprenderse el Comandante al escuchar su nombre.

En las paredes del despacho, salpicadas de motivos militares, artesanía africana y almanaques con fotografías obscenas, se resumía toda su vida.

_ Comandante, sigo tus pasos desde hace mucho tiempo. Conmigo no tienes que disimular –le apremié a confesar su implicación en la muerte de la inmigrante nigeriana.

Sabía que el origen de todo el asunto estaba en la llegada de un nuevo grupo de africanas musulmanas. Al descubrir la tara de sus nuevas empleadas, el Comandante habría intentado reparar el perjuicio económico reservándolas a clientes con determinadas inclinaciones morbosas. Se pueden encontrar las demandas más extrañas en el comercio de la carne pero, por algún motivo, Emily Balewa no servía para el negocio.

_ Efe, efe, efe –sonrió sarcástico el Comandante-. Fiel, frígida y fea. Sonmotivos suficientes para abandonar este mundo, ¿no crees? Pero si piensas que yo me deshice de ella, es que no me conoces. Aquí no se tira nada.

_ Sé todo lo que tengo que saber sobre ti –aseguré, realmente convencido de mis palabras.

_ ¿Todo? ¿Resumes mi historia en tres líneas que describen las paredes de esta habitación y ya crees conocerme? Ingenuo. No estoy dispuesto a que entres en mi vida para resolver una estúpida trama policiaca. Una sola pregunta más y convertiré la historia de esa negra en un ensayo de sociología o en un sucio cuento del Penthouse.

Nunca me había enfrentado a un personaje negándose a colaborar en la elaboración de una historia y aprovechó mi confusión para dar por terminada la entrevista. Abandonó la habitación, entró en la oscura barra del Muni, apartó de un empujón a una empleada inactiva y se sirvió un coñá. La puerta se cerró impidiéndome saber nada más de aquel hombre y de Emily Balewa.

Regreso al punto de partida y encuentro inmutable a López Vidal sonriendo, con una prueba tan inútil como su propia existencia entre las manos. No sospecha que el escurridizo proxeneta, al esquivar mi intento de encerrarlo en un clásico relato de suspense, también ha eliminado cualquier posibilidad de convertirlo en el eficiente inspector de policía que resolvió el caso del brigada Tabernero. Si es que alguna vez hubo caso. Si es que alguna vez existió el brigada.

En la barra del Muni no solo quedó frustrada la incipiente carrera de López Vidal. También quedaron todas sus inteligentes deducciones: la existencia de un asesino en serie que deja pruebas escondidas en sus víctimas, las oscuras relaciones entre el brigada y el Comandante, la engañosa duplicación del nombre de Marcelo… Ningún desenlace viene a resolver los interrogantes de la historia respaldando sus hipótesis y alimentando su vanidad.

No me guardes rencor si te he defraudado. Tu deseo de conocer el contenido de este relato fue una decisión tan voluntaria como mi propósito de construirlo.

Tal vez te consuele saber que yo mismo, forzado por un personaje rebelde a convertir esta narración inconclusa en un experimento, he sido la primera víctima de mi burla. Como el muchacho que escribe sobre la pared inmaculada el manido mensaje ofensivo y provocador “Tonto el que lo lea” y lo lee inconscientemente antes de salir corriendo, condenado ya por su propia sentencia.

 

 

 

 

 

 

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