UN HOMENAJE A LA LITERATURA DEL 98

Aurora Cruzado (Revista Cultural TURIA. Nº 128. Teruel, noviembre 2018)

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                Feliz decisión esta de la editorial Rasmia en su propuesta de colaboración con el escritor turolense Elifio Feliz de Vargas. Es de esperar y desear un largo recorrido a este tipo de apuestas. Llega esta entrega después de que, hace ya tres años, se publicara Cuando juntos caminábamos.  La presentación breve que de sí mismo hace el autor, revela ya de entrada una personalidad ingeniosa y bienhumorada. Las primeras páginas del libro marcan una intensidad meritoriamente mantenida a lo largo del recorrido y nutrida a su vez del nivel de misterio y de intriga suficientes como para que El viaje del anarquista resulte amenísimo y suscite una avidez no siempre fácil de conseguir… Y eso que el libro empieza por el final, sin que eso reste un ápice de interés a su seguimiento.

                Influido por algunas lecturas previas el autor idea una obra que recupera la efervescencia de una época convulsa, no reciente pero tampoco excesivamente alejada en la que un magma racionalista y modernizador convivía con la más rancia y conservadora España. Con los trazos justos –aquellos que no lastran para nada el hilo narrativo-, y solo como referencia, se sitúa al lector en el contexto necesario para refrescar la ideología anarquista, recuperar los nombres de algunas de sus figuras emblemáticas y seguir las vicisitudes de su doctrina y de su evolución.

                La acción transcurre entre el 18 de julio y el 4 de noviembre de 1909 o, lo que es lo mismo, entre la conflictiva partida de las tropas hacia Marruecos en una Barcelona revolucionada por los acontecimientos que confluirán en la Semana Trágica, y el fusilamiento de Ferrer Guardia, figura emblemática de la pedagogía anarquista y fundador de la Escuela Moderna de Barcelona. Es precisamente uno de sus seguidores quien da título a la novela: Francesc Casals, reconvertido en Pere tras su huida de la ciudad condal. Lo que en un principio iba a ser un destierro, se convierte en una inesperada sucesión de descubrimientos, entre ellos, el amor. El entorno y el paisaje constituyen casi un personaje más y, en su recreación y descripción, se confirma el dominio que el autor tiene del medio y de la geografía lugareña. Efectivamente, es el Maestrazgo, en concreto en Villarluengo, tan amado por Elifio, donde se desarrolla la trama que, sin ser propiamente policiaca, tiene mucho de intriga y de misterio y reúne alguna de las características propias del género como es la dosificación final de los enigmas.

                Estructuralmente, la obra está escrupulosamente planificada. Al no seguir un orden lineal, no era fácil el perfecto encaje de todas las piezas y, además, debido a su corta extensión, la brevedad de los capítulos obligaba a una rigurosa y planificada medición de recursos y efectos. Dado que la historia es una y no demasiado desarrollada, el gran mérito es hacer avanzar la acción a través de la alternancia de diferentes puntos de vista. Las voces son muy distintas y están rigurosamente ajustadas. Magníficos los pasajes en los que el muerto Munar habla y la angustiosa descripción –y por otra parte bellísima- esa de su agonía y de su trance, al igual que la de Román Pitarch.

                Con una técnica muy solvente, a veces las intervenciones de los personajes se funden en el propio relato sin ningún signo distintivo propio y cuando aparece el narrador omnisciente, este aligera su intrusismo a través del estilo directo libre. Igualmente, el recurso del intercambio epistolar –que funciona aquí como fuente de información indirecta- alivia el peso de dicho narrador y revela la versatilidad del escritor en el manejo de las formas narrativas.

                En alguna de las páginas del inicio, se inserta una cita de Teresa Claramunt, que funciona como toda una declaración de principios. Nos consta que Feliz de Vargas quería que su novela reflejara el papel de la mujer en la sociedad de aquella época. Sin que sea exactamente el tema troncal, sí que hay toda una reflexión de fondo sobre la vida de las mujeres en aquella sociedad –rural o industrializada- y crea para ello tres personajes inolvidables. Una, la deliciosa Natividad, objetivo del apostolado innovador de Pere y de su voluntad pedagógica. Enseguida, el frustrado militante vislumbra las posibilidades de esta mujer despierta y ya sometida al yugo de la tradición y de la familia. Asentada en la realidad, es la contraposición al ideario malthusiano de Pere, el discípulo de Ferrer Guardia imbuido de todo el ideario anarquista. Otro logro magnífico es la abuela. De esta mujer –que parece extraída de cualquier novela galdosiana- se traza un retrato impagable. Su aparición viene precedida de una descripción magistral que anuncia la rotundidad de esta presencia fundamental en la obra. En un gesto solapado con su conservadurismo, imagina otros horizontes para su nieta que no sean la procreación y la sujeción al ingrato terruño.

                El tercer personaje femenino, más desdibujado, representa otro perfil de la mujer frecuente en la época: aquella que, huyendo de la miseria, de la presión social o de sus pecados, malvive o se prostituye en la ciudad.

                La pregunta inquietante que se le suscita al lector ante este retablo femenino es: ¿qué le espera a una ninfa como la chica Natividad en un mundo como ese, el rural? O ¿cómo acabará  la cupletista Forné en el mundo urbano?

                Quizá sea Raidera la creación estrella de la novela. Desalmado, primario, malvado… una mala bestia. Las detalladas descripciones de sus manejos –contadas en primera persona al hilo de su fluir de conciencia y de su lenguaje rudo y descarnado- estremecen y se siguen con desasosiego, como si de una película muy negra, pero muy negra, se tratara.

                En este cruce de diversidades y curiosidades que siempre presentan las entregas de Elifio, El viaje del anarquista nos sorprende con una oportuna erudición que va desde las pinceladas cinematográficas y literarias hasta las meramente informativas, como las relativas a los artistas y escritores afectados por los tratamientos de mercurio contra la sífilis.

                Finalmente, nos encontramos con esa prosa limpia y trabajada con la que Feliz de Vargas se esmera habitualmente en sus creaciones: los adjetivos precisos, el ritmo exacto de la frase, las descripciones revestidas con su justa dosis de poesía… El resultado es un estilo sobrio y bello, muy personal pero también muy afín a aquellos noventayochistas  tan estimados por el autor.

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