EL VERANO DE HALLE BERRY

A pesar de la persiana bajada y del remolino intermitente que acompañaba al giro de las aspas del ventilador, el calor se había adueñado de la habitación. El roce de mi espalda empapada en sudor deslizándose sobre el escay del sofá emitía quejidos gástricos al tratar de incorporarme para salvar la empalizada formada por el frutero y los botellines de cerveza que me impedían ver por completo el rostro de Jose Toledo en la televisión. Cartelera repasaba las películas más taquilleras del año y X men 2 estaba en la lista, el dato venía acompañado por la foto de Halle Berry caracterizada de mutante albina, embutida en un buzo de cuero negro que definía cada curva de su cuerpo con mayor precisión que la explícita silueta al contraluz cuando salía del mar en Muere otro día, mientras Pierce Brosnan deleitaba la vista con ayuda de unos prismáticos.
Lo mío era como el Golf GTI que acababan de anunciar: de cero a cien en dos segundos. De pronto lo más importante del mundo era ver una película de Halle Berry, en concreto ver a Halle Berry en bikini, pero en Teruel solo había dos cines y en verano la programación se llenaba de estrenos infantiles. Apagué la televisión y salí a la calle.
Paseé sin suerte entre los coches aparcados a la sombra. Ya nadie deja las puertas abiertas ni se olvida de subir las ventanillas del coche, como cuando la generación de mis padres llegó al barrio manteniendo las costumbres del pueblo y durante el día no se cerraban las puertas de las casas, ni de los coches. Mi padre, que para todas las cosas era el que más, incluso dejaba las llaves puestas en el Seat 127: “EL que lo quiera, que se lo lleve. Total, para lo que vale…”, respondía categórico cuando mi madre le advertía de lo que podía considerarse un despiste.
A pleno sol estaba el Dyane 6 de Aurelio el pescadero. No sé si eran inicios de Alzheimer o ganas de provocar, pero el coche estaba siempre a disposición del sinvergüenza que tuviera pelotas para cogerlo, según sus propias palabras, que en el fondo y en la forma diferían sustancialmente de las de mi padre.
Arranqué el coche y cogí la N-234 en dirección a Valencia. Sobre la guantera había un paquete de Ducados descolorido, saqué un cigarrillo reseco y presioné el encendedor del Dyane que resultó ser tan inútil como el ventilador o el intermitente izquierdo. Iba a buscar un mechero en el bolsillo de mi pantalón cuando caí en la cuenta de que había salido a la calle en calzoncillos, unos bóxer negros que podrían pasar por bañador, si no fuese por el mensaje estampado en la goma que recorría mi cintura advirtiendo “Unno Underwear”. Me estaba cagando en la puta de oros cuando el coche comenzó dar tirones hasta detenerse definitivamente. El pescadero roñoso solo había dejado combustible para una veintena de kilómetros.
Abandoné el trasto en el mismo punto que se había parado, entre el arcén y la calzada desierta, cogí el paquete de Ducados y comencé a andar con la confianza de encontrar a alguien que me acercase hasta una gasolinera. Pronto me alcanzó un tractor de chapa oxidada. El conductor celebraba alborozado el encuentro tocando el claxon, tenía más de ochenta años, un ojo de cristal y la boca desdentada. Me subí a la estribera y él, sin detenerse abrió la puerta de la cabina.
_ ¿Ánde andas con esas pintas? –preguntó.
Le dije que me había quedado sin gasolina. También iba a contarle lo del viaje a Valencia para ver a Halle Berry, que le había levantado el coche al pescadero y todo lo que se me pasase por la cabeza, porque el viejo daba confianza, parecía un cura de pueblo y la cabina del tractor el confesionario donde descargar las culpas. No lo hice porque el olor a abono, a herbicidas, a pienso de corderos y a esas mandangas que usan los agricultores resultaba mareante y me impedía pensar con claridad. Me faltó detectar el pestazo a coñá en el aliento del tractorista, que fue el único que pareció interesarle a la Guardia Civil cuando nos detuvo en el control de alcoholemia. El viejo dio 1,2. Estuve tentado de felicitarle por lo bien que lo disimulaba, pero se había venido abajo y lloraba porque ya le habían retirado el carné dos veces y sin tractor ¿quién iba a labrar los bancales o a echar de comer a los corderos y esas cosas? Le di una palmada en el hombro para consolarle y me acerqué a los guardias que estaban liados con el papeleo apoyados en el capó del Patrol, tan confiados que no se dieron cuenta de que le había quitado el arma a uno de ellos hasta que lo agarré del cuello y le puse la pistola en la sien.
_ ¡Suéltalo! –gritó el viejo, recobrando de repente la compostura- No me jodas, hijo, que te arruinas la vida.
Lo de llamarme hijo me llegó al alma. Probablemente tenía razón y esa era una forma de arruinarme la vida, pero no la peor entre todas las posibles. Aparté la pistola de la cabeza del guardia y se la devolví. Su compañero tuvo un súbito ataque de valentía, me retorció el brazo hasta tumbarme en el suelo y apoyó su rodilla en mi cabeza. Entonces vi que a los pies del otro había una mancha oscura en el asfalto. Se ha meado, deduje al verle andar con las piernas separadas mientras se acercaba para esposarme.
Regresé a casa dos días después, sin ver la película y con un juicio pendiente. La mesa del comedor seguía sin recoger, cosas de vivir solo. Llevé todo a la cocina y me disponía a tirar las migas del mantel por la ventana que da al patio de luces cuando descubrí el regalo en las cuerdas del tendedero: la braguita naranja de un bikini. Halle Berry premia a sus seguidores, pensé. Mientras la recogía sentí una mirada sobre mi cabeza, una chica morena de ojos grandes me miraba desde el piso de arriba.
_Es mío –sonrió-. Ya bajo.
No sabía que hubiesen alquilado el ático, pero era un aliciente saber que lo ocupaba una mestiza veinteañera. Abrí la puerta antes de que sonase el timbre. Al otro lado había un negro que me sacaba dos cabezas y ochenta kiloss. Alargó la mano para arrebatarme el bikini al tiempo que me daba las gracias. Resulta violento que un desconocido se esté presentando al tiempo que compartes algo tan íntimo. Noté que estaba confuso estirando de la prenda que yo me resistía a soltar:
_ Suéltalo ya, pirado –amenazó.
Obedecí sin rechistar. Él dio media vuelta mascullando algo y yo cogí el jarrón con flores secas que había sobre el mueble del recibidor. Algo sonó a hueco cuando lo estrellé contra su cabeza, pero en la prensa dijeron que era yo el que no tenía sesos.
Ayer la terapeuta ocupacional del centro penitenciario nos pidió una redacción sobre el verano. Para mí solo hay un verano, el de 2003. El verano de Halle Berry.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s