SOLO UN DÍA SOLO (del libro “Tras la huella de Sade” – PR Ediciones, 2016)

Solo

SOLO UN DÍA SOLO

Anoche estuvo en casa el nuevo novio de mi hermana y se quedó a cenar.

Tan empalagosos como los otros encontró a mamá estupenda y prometía no exagerar si decía que con su buen gusto y su imaginación había conseguido hacer de cada plato una melodía de sabores. Juro que nunca antes había escuchado una frase más pedante, pero ese tipo consiguió meterse a mamá en el bolsillo.

También papá recibió su asignación de adulaciones a la hora de comentar el vino escogido para la cena y no cabía de gozo al encontrar a alguien que respaldase con fervor sus opiniones políticas, económicas y filosófico-deportivas. Acostumbrado a la indiferencia o a la rebelión filial ante cualquiera de sus sentencias, papá acogió con agrado las muestras de apoyo de un cretino sin criterio.

A los postres, el nuevo novio de mi hermana nos propuso pasar el día siguiente en el Parque Acuático y volvió a llamarme enano, por enésima vez en la noche:

–¿Te gusta la idea, enano?

¡Será gilipollas! No le contesté porque siento náuseas solo de mirarle. Al Parque Acuático. ¡Qué original! Seguro que he ido allí más veces que él, que me he tirado por toboganes más altos que él y que me lo he pasado allí mucho mejor que él, pero no estaba dispuesto a ir con él. No tenía ninguna intención de verle chapotear como un sapo en la cascada artificial, haciéndose el simpático. No quiero volver a comer con él, ni oír su lenguaje relamido pavoneándose delante de mi hermana, ni que

intente chantajearme con helados y tebeos, ni que apoye su mano en mi hombro y me llame enano. No quiero que me mire, ni que me hable, ni que me toque. ¡Ni que roce a mi hermana!

Sin embargo, mamá está encantada con ese idiota. Era una idea estupenda, pasaríamos el día en el Parque Acuático y ella llevaría ensalada y bocadillos para todos. No, porfavor, el imbécil se encargaría de todo, quería invitarnos a comer en el restaurante del Parque. ¿Restaurante? ¡Menudo bocazas! Llamarle así al sofocante comedor de un autoservicio. Para que luego mamá haga caso de sus opiniones culinarias.

Discutieron un rato sobre la comida. A mi hermana, como siempre, le daba lo mismo, ella no tenía la menor intención de soltar un euro ni de hacer los bocadillos, quizá ni siquiera de comer, está tonta perdida con lo de la dieta. Por fin llegaron a un acuerdo: comeríamos en el autoservicio, pero papá puso como condición ser él mismo quien pagase. Luis, el nuevo novio de mi hermana, el número nosecuántos de una larga lista y sin duda el más tonto de los cojones, dijo que no insistiría más, pero que nos debía una invitación. Seguro que ya se le ha olvidado al muy caradura.

Mientras hacían planes me dio tiempo a pensar cinco buenas excusas para no ir con ellos y me quedé con la del cumpleaños de Víctor. Si lo llego a saber elijo otra. ¡Menudo interrogatorio! Dónde era, a qué hora, quién iría… El imbécil del novio de mi hermana estuvo a punto de echarlo todo a perder: volveríamos antes de las seis, así yo tendría tiempo de llegar a la fiesta. Me hizo cambiar la hora del cumpleaños tres veces. Al final dije que habíamos quedado a las cuatro para ir después al cine. Demasiado pronto para un cumpleaños, pero se lo tragaron.

Esta mañana se han ido a las diez y media. Antes he desayunado a solas con mi hermana y no hemos hablado de nada. Me pasa siempre cuando he entrado a su habitación durante la noche, a la mañana siguiente no sé qué decir. Me mira y es como si lo supiera, como si se acordase de todo, a pesar de que siempre me aseguro de que está dormida antes de levantar las sábanas y husmear bajo su camisón.

Después de desayunar se ha metido al cuarto de baño y ha estado allí cerca de una hora. ¡Una hora! En todo ese tiempo la he interrumpido una docena de veces y la he visto con tres peinados diferentes, con dos blusas y cinco camisetas, ¡una de ellas mía! Ha hecho todas las combinaciones posibles con esas prendas, se las ha probado de cara, del revés, abrochadas, anudadas a la cintura, una sobre otra… La última vez que he entrado a molestarla la he sorprendido cerciorándose de que mi camiseta nueva, tres tallas menor a la suya, deja a la vista el ombligo y resalta escandalosamente sus pezones, consiguiendo el efecto preciso para hacer babear al cerdo de su novio. No llevaba los pantalones y me ha dirigido una mirada asesina, entonces para fastidiarme, seguro que ha sido por eso, se ha decidido por mi camiseta, la nueva, la verde con surfers. Se la ha dejado puesta sin preguntarme si se la prestaba.

A las diez y veinticinco, con una puntualidad exasperante, ha llegado el imbécil del novio de mi hermana tocado el claxon de su coche y ella ha salido al jardín a recibirle. No lo había pensado antes pero, al verles por la ventana de mi cuarto, he descubierto que cada vez que se abracen ese tipo rozará mi camiseta nueva, la misma que pensaba rescatar esta noche del cesto de la ropa sucia para usarla como pijama. Esa camiseta tiene realmente difícil volver a ser mi favorita.

El imbécil del novio de mi hermana se ha entretenido pasando una bayeta por las cantoneras plateadas de las puertas del coche, mientras ella le miraba con tal admiración que parecía estar observando a Miguel Ángel dando los últimos retoques a la Capilla Sixtina. A mí no me la pega, es puro teatro; me apuesto lo que quieras a que el muy guarro no ha cogido un trapo en toda su vida ni para limpiarse los zapatos.

Algo más tarde han salido mamá y papá con las bolsas de baño. Ella me ha dejado la comida preparada en el frigorífico y él me ha metido en un bolsillo cincuenta

euros para el regalo de cumpleaños. Ya pensaré en qué gastarlos. No quería salir a despedirles pero tuve que hacerlo, mi hermana quería explicarme algo: el imbécil de su novio llevaba el perro en el coche. Ser tan torpe tiene sus inconvenientes, esta vez no se le ocurrió pensar que está prohibida la entrada de animales al Parque Acuático y si lo dejaba todo el día dentro del coche corría el riesgo de asfixiarse, incluso se planteaba la posibilidad de que existiese otro tonto de los cojones en el mundo interesado en robárselo. Según el anormal, se trata de un perro muy delicado y muy valioso, un auténtico basset leonado de Bretaña, hijo de campeones, con carta de pedigrí y demás zarandajas que te aplican junto al chucho para justificar la clavada a la hora de comprarlo. Todos han estado de acuerdo en que la mejor solución sería dejarlo aquí, en el jardín, atado al tronco del sauce.

–El chico lo cuidará bien –ha asegurado mi madre.

–Le encantan los animales –ha supuesto mi padre.

–Cuando te marches al cumple no lo dejes en el jardín. Mejor lo guardas en tu habitación –ha ordenado mi hermana.

–Te hará compañía, enano –ha dicho el hijoputa. ¡Es terrible! El asqueroso basset leonado de Bretaña con carta de pedigrí ha meado en el tronco de mi árbol nada más pisar el jardín. Y el no menos asqueroso de su amo ha tenido estómago para darle un beso en el hocico antes de marcharse. No sé si habrá visto la gracia en el pipí del chucho o en la inclinación zoofílica de su amo, pero mi hermana ha exclamado: ¡Uy, qué gracioso!

Lo primero que he hecho al quedarme solo ha sido sacar la radio al jardín, sintonizar Rock FM y poner el volumen al máximo, mucho más fuerte de lo que mamá considera insoportable. Así podía oír música desde el garaje mientras desenrollaba la manguera. Luego he regado el césped y los rosales. En todo ese tiempo, desde que se perdió de vista el coche del imbécil, el basset no ha dejado de llorar. A veces, cuando me acercaba al sauce, se le escapaba un ladrido inseguro y agudo. Estaba asustado.  He tenido una idea, una buena idea: gritar como un energúmeno corriendo tras él y hacerle dar vueltas alrededor del árbol hasta que se ha liado con la cadena y no podía moverse. Entonces he cogido la manguera y he estado tirándole agua un buen rato, observando sus esfuerzos inútiles por huir. No le gusta el agua a ese bicho. Es un puerco, como su amo. Sobre todo le molesta el agua en el hocico, y creo que habría terminado por ahogarlo si no fuese porque, casualmente, he descubierto algo más divertido, lanzarle el chorro a presión contra el culo. Entonces no se revolvía tanto, incluso levantaba el rabo, como si le diese gusto, dejando a la vista unos atributos desproporcionados para su tamaño. Seguro que tiene lombrices. O almorranas. O es maricón perdido a pesar de las apariencias, como su amo.

Torturar al perro era una buena alternativa ante la dificultad de castigar directamente a su amo y a esa actividad he dedicado buena parte de la mañana. Luego, cuando me he cansado de molestarlo, podría haber hecho algo provechoso como arreglar los frenos de la bicicleta, pero yo la prefiero así. Me gusta lanzarme a toda velocidad por la cuesta de la calle para que papá se enfade y grite desde la verja del jardín que estoy loco y que un día de estos me voy a tragar un coche. Me divierte imaginarme a toda la familia llorando y gritando alrededor de mi cuerpo distorsionado tendido en el asfalto, mientras una Maruja ludópata y alcohólica sale del coche balbuceando excusas incomprensibles, todavía confundida y sin decidirse entre atenderme a mí o al capó abollado del utilitario por cuyos bajos chorrea el agua del ventilador para mezclarse con mi sangre en el asfalto. Pero lo que más me pone es imaginarme la reacción de mi hermana, presa de un ataque de histeria, desmintiendo con lágrimas y alaridos toda la indiferencia que se esfuerza en dedicarme. Jódete, guarra, murmuro entre estertores, mientras mis ojos se van apagando.Sin llegar a tocarla, sin ver nada más allá de lo que puedan ver todos los que están a su lado, ella es más mía que nunca. Es una de mis fantasías preferidas, que cuenta con una versión más heavy en la que ella, ante el asombro de todos, me besa en los labios y me soba la bragueta tratando de reanimarme. Mi madre grita espantada: «¡La niña se ha vuelto loca!», mientras el resto de los presentes mira hacia otro lado, sin saber qué hacer. Escojo un final u otro, dependiendo del estado de ánimo.

Una vez descartada la reparación de la bicicleta podía haber estudiado inglés, o ir a comprar algo con el dinero del regalo, pero no me parecía buena idea desaprovechar un día solo en casa, así que de once y cuarto a once y media me he aburrido en el jardín.

A las once y media he entrado en casa para ver qué podía picar en la nevera y ¡vaya!, eso me ha dado una idea, una buena idea. Si la nevera guarda sorpresas, ¡qué no guardarían el resto de armarios y cajones de la casa! No he abierto los armarios de la cocina porque no me interesan. Tampoco los de mi habitación, sería el colmo de la estupidez encontrar algún secreto entre mis propias cosas; sin embargo, el resto de los cajones parecen renovarse de una forma imperceptible y, por más que los abramos un día tras otro, termina apareciendo algo nuevo o reparamos en un detalle que hasta entonces nos había pasado inadvertido. Siempre me ha gustado revolver en los armarios ajenos. Casi tanto como abrir a hurtadillas el bolso de mi hermana.

En la habitación de invitados solo he encontrado sábanas y mantas, he pasado de los dos servicios y en un vistazo rápido pude comprobar que los muebles del comedor no guardaban nada que no estuviese cansado de ver. Quedaban pocas habitaciones más y he organizado la visita sin precipitaciones.

Primero el despacho de papá. Todo un desencanto: cartas del banco, revistas de economía, la caja de Montecristo, bolígrafos, la estilográfica de oro, sellos…, guardaba la esperanza de encontrarla en el primer cajón del escritorio pero solo han aparecido facturas; decididamente papá no esconde una pistola por más que, cuando lo sacamos de sus casillas, amenace con pegarse un tiro un día de estos. Otro farol.

El registro del dormitorio de papá y mamá tampoco ha resultado mucho más interesante. Ya no me divierte disfrazarme con sus ropas y en los cajones de la mesita

de noche no he encontrado nada escabroso como una caja de Viagra, un ligero negro, cadenas, esposas, una fusta y una máscara de cuero, un bote de nata en spray, mantequilla o simple vaselina. Solo un tubo de crema antihemorroidal. Decididamente mis padres son un matrimonio tan aburrido como sospechaba.

Lo mejor lo he reservado para el final, como en esas visitas guiadas que terminan su recorrido en la catedral barroca, en la torre mudéjar o en el alcázar neoclásico. Desde que abrí la puerta de la habitación de mi hermana me sentí como un ladrón, con el corazón latiendo deprisa y la respiración sofocada.

Hace unos años no me hubiese parecido el lugar más interesante de la casa.  Entonces ella me permitía entrar en cualquier momento y revolver sus cosas sin llegar a irritarse, pero cuando entró el primer cretino en su vida dejé de ser su chico favorito y se transformó en una hermana reservada y celosa de su intimidad. Ahora, desde que sale con el imbécil, me ha prohibido entrar en su habitación cuando ella no está presente.

He comenzado por la mesa de estudio y la mesita de noche pero no he tenido suerte. Confiaba en encontrar algo más interesante en el armario, otra decepción, solo guarda ropa, cremas hidratantes, cosméticos, un paquete de pañuelos y otras cosas de mujeres. El pacato de su novio ni siquiera ha aportado novedades al cajón de la ropa interior. Me he puesto las bragas de rayas azules. Desde que se ha empeñado en adelgazar es prácticamente imposible meterse en otras y estas, aunque están viejas, o precisamente por eso, tienen un tacto que me recuerda el de su piel bajo las sábanas.

Ha sido una mínima recompensa y estaba convencido de que no fue buena idea correr el riesgo de que descubriese mis huellas en su cuarto cuando he encontrado el cartón de tabaco y dentro, perfectamente dobladas, las cartas de sus novios. He leído nueve.

Los novios de mi hermana debían ser aburridísimos. El tonto de la verga de Luis, además de soso, es un cursi. Solo hay una carta graciosa, un anónimo repleto de tales marranadas que la primera vez que la he leído casi consigue ponerme colorado. Luego, al leerla por tercera vez, ya no me ha parecido tan fuerte, incluso creo que podría superarla sin demasiado esfuerzo. Lo que no comprendo es cómo mi hermana, que presume de fina y delicada, ha tenido el valor de conservar esa carta. Lo primero que pensé es que la guarda para releerla cuando el cuerpo le pide una alegría, porque supongo que no será fácil que un novio formal te diga esas atrocidades y al día siguiente quede contigo para ir al parque acuático con tus padres. O tal vez sí. Me imagino que habrá de todo en las relaciones de pareja. Sin embargo, después de la tercera lectura, he cambiado de opinión y estoy convencido de que algunas de esas frases que combinan la anatomía y la gastronomía al tiempo que describen los olores y sabores de flujos corporales comparándolos con las más delicadas especias, son en realidad sutilezas poéticas demasiado atrevidas y las he memorizado para el día que quiera algo con una chica.

Antes de salir de la habitación he repasado todos los cajones. Es una pena no haber encontrado nada comprometedor para chantajearla, cualquier cosa, algo de marihuana, unas anfetaminas, píldoras anticonceptivas u otro tipo de pastillas, un juego de vibradores, un simple libro del marqués de Sade o de Bukowski con frases obscenas subrayadas. Di un último vistazo para comprobar que no dejaba pruebas de mi visita. En todo momento he tenido la precaución de recordar cómo estaba cada cosa antes de hacer un movimiento. Figuras de porcelana, muñecos de peluche, postales, fotografías, recuerdos de sus viajes, cedés de música moñas, libros de Derecho, apuntes, todo en su habitación guarda una disposición exacta y ella se daría cuenta del menor cambio. Aunque solo fuese de un milímetro, lo notaría. Supongo que su transformación de adolescente descuidada en joven maniática del orden no obedeció a una cuestión de madurez o cambios hormonales, sino que tuvo que ver directamente con mi intervención. Las sucesivas desapariciones de sus pertenencias en los momentos más inoportunos, junto a mi eficacia para encontrarlas la harían sospechar.

¡Mi móvil! ¿Dónde está mi móvil?, gritaba desesperada buscando por toda la casa, hasta que yo, tras una larga hora disfrutando de su angustia, llegaba con gesto victorioso portando el aparato en la mano. ¿A qué no sabes dónde estaba? Y ella me colmaba de besos mientras mostraba mi expresión más inocente. Esas noches no encontraba ningún impedimento para dormir en su cama con la excusa de los terrores nocturnos. Supongo que abusé de la estrategia, o que me volví demasiado confiado y desperté sus sospechas cuando notó mi broca del ocho abriéndose paso bajo su camisón. No fue suficiente con imitar una respiración sosegada y un sueño profundo mientras ella retiraba las sábanas para salir de la cama con repugnancia y espanto. Nunca más me dejó meterme en su cama. La siguiente vez que desapareció su móvil no hubo forma de encontrarlo. ¡Qué lástima! Pensé en sacarle una fotografía desnuda y mandarla a todos los contactos de su agenda, pero eso sería un suicidio, una delación en toda regla. Además, el simple hecho de plantearme esa posibilidad puso en evidencia mi lado más celoso. No pensaba compartirla con nadie.

Al salir al pasillo me he acordado del desván y he subido, pero una vez allí se me han ido las ganas. Las cajas de cartón te pegan en las narices nada más abrir la puerta. Mis padres padecen un principio de síndrome de Diógenes y guardan mierda desde los tiempos de Alfonso XII. Ese trastero es lo más parecido que conozco a un túnel del tiempo y tantos cachivaches juntos no dejan espacio para otras actividades más provechosas.

Se me ha ocurrido que, distribuyendo bien el espacio, cabrían hasta cuatro celdas completamente insonorizadas donde retener a otras tantas chicas secuestradas. En el centro podría estar el potro de tortura y sobre el mismo, colgando del techo, unas cadenas con sus argollas, incluso quedaría espacio en la pared de la entrada para un pequeño aseo, aunque podría prescindir del mismo haciendo un esfuerzo por desprenderme de ciertos escrúpulos; bastaría con una toma de agua y una manguera para limpiar los excrementos de las celdas antes de entrar a abusar de mis prisioneras. Su lugar podría ocuparlo un altar en el que ir colocando los fetiches de mis víctimas, un arma de doble filo que me serviría de complemento imprescindible para recordar los momentos de placer que me procuraron, al tiempo que sería una fuente inagotable de ADN para la policía científica cuando tuviera que responsabilizarme de las desapariciones de una veintena de chicas en los últimos cinco años. Eso si llegaban a tiempo para recuperar prendas íntimas, mechones de cabello, uñas esmaltadas o vello púbico antes de que me lo tragase al saberme rodeado. No es ninguna tontería, hay quien se traga cuchillas o bombillas para intentar fugarse del trullo. Nada comparable a atragantarse con la goma de un tanga enredado en la laringe y perecer en un festín caníbal de seda y licra. Mola. Me la tengo que trabajar más pero esta fantasía ofrece múltiples posibilidades. Me ha puesto a cien y he tenido que hacer auténticos esfuerzos para sacármela de la cabeza sin necesidad de ejercitar la mano.

Era la una y diez y he comido. Desde la ventana de la cocina veía al basset llorando y jadeando, sin conseguir deshacer el nudo de su cadena. Le he tirado algo de comida a unos centímetros, los precisos para que no pudiese alcanzarla. Gruñía, ladraba y aullaba. Agotado por los esfuerzos ha cambiado de táctica, me ha mirado con ojos húmedos de persona hasta ablandarme el corazón. No debo ser tan duro como creo porque he dejado caer un trozo de pan a su alcance. Lo ha olisqueado y lo ha apartado con el hocico antes de volver a mirarme, esta vez exigente. Ese perro es un digno discípulo de su amo.

Mamá ha dejado de postre una tarta de manzana adornada con guindas, como le gusta a mi hermana. Yo detesto las guindas. ¿Por qué habrá puesto guindas en una tarta que es para mí solo? Mi madre prefiere a mi hermana, seguro, y la ha traicionado el subconsciente. No me ha sentado nada bien esta revelación psicoanalítica, enfurecido he ido apartando las guindas de mi ración y tirándolas por la ventana hasta que he sorprendido al chucho sarnoso relamiéndose, esperando otro obsequio. No le he hecho esperar, he revuelto una guinda en la salsa del pollo y he escupido sobre ella. ¡El muy cerdo se la ha comido! Es una pena que solo me quedase una más porque ahí tenía diversión para un buen rato. He rociado la última con detergente y pimienta molida antes de salir al jardín, pero ese perro se cree muy listo: ha tenido la desfachatez de oler la mezcla, estornudar y lanzar un ladrido de protesta. Se merecía la patada que le he dado.

Después del postre me he obsequiado con una copa de Cointreau en el comedor y he encendido la televisión. Había un programa concurso sin secretarias. Una pena. En la mayoría de los concursos lo único que se salva son esas tías. Sus generosos escotes, como diría mi padre, y las escuetas minifaldas me alegran la vista y me sirven de consuelo. Es la confirmación de que mis obsesiones, en contra de lo que pensará más de un psicólogo, no son en absoluto patológicas. Al menos todos los encargados del vestuario, los realizadores y los cámaras de televisión parecen compartir mis aficiones y estar tan salidos como yo.

En este programa hacían preguntas de cultura general para memos, aunque solo he acertado catorce de treinta. El concursante no estuvo mucho más inspirado y a pesar de quedar como un patán se llevó a su casa un equipo de música. Caro equipo. Sus amigos van a estar descojonándose un año de sus conocimientos de geografía: dijo que Bután era un repelente de insectos y se quedó tan ancho. Si el licor no me hubiese nublado las ideas lo habría hundido en la miseria, por ignorante y por atrevido. El hambre de dinero nos hace perder el sentido del ridículo.

A pesar de sentirme mareado, me he servido un Chivas Regal Blended Scotch Whisky aged 12 years, o algo así pone en la caja. Si mamá me nota bebido le diré que tomé un combinado de cava en el cumpleaños. Para tenerla contenta he lavado los platos sin romper ninguno. He vuelto al comedor para leer un cómic de El Capitán América mientras escuchaba música en la radio, veía el informativo y sesteaba. Soy un clásico. Prefiero los Marvel al Manga, a pesar de que no hay color en cuanto a los dibujos de las tías. Cualquier colegiala japonesa le da mil vueltas a la anoréxica de los cuatro fantásticos. Y esos picados y contrapicados de los japoneses, los pliegues de las nalgas, las costuras de los sujetadores… Los dibujantes de Manga están peor que yo, que los cámaras, los realizadores y los responsables de vestuario de la televisión, todos juntos.

Medio dormido se meha ido la mano y he empezado a tocarme pero sin intención, a lo tonto, por aburrimiento, como los monos. Sería un desperdicio de energía y de imaginación, así que me he espabilado. Eran las tres y diez. A las tres y media volvía a estar aburrido, entonces me ha mandado un whatsapp Víctor para preguntarme si quería pasar por su casa. Debía estar tan aburrido como yo pero le he contestado que tenía cosas que hacer, que le llamaría más tarde, cuando hubiese terminado. Después he pensado que podía haberle contado la excusa del cumpleaños, por si mamá le pregunta algún día, pero no me apetecía teclear semejante rollo. Además, si hubiera sabido que estaba solo podía haberse presentado en casa.

A las cuatro ya estaba haciendo visitas a la nevera sin encontrar nada que me apeteciese. A pesar de todo volvía a abrirla cada cinco minutos, como si por arte de magia fuese a cambiar el decorado de verduras, embutidos, yogures y botellas. Como no se me ocurría nada mejor me he servido otro lingotazo de Chivas y he puesto una película de DVD, la que teníamos para esta noche.

Es una historia del Vietnam muy lenta, un auténtico peñazo. Solo hablan de sus problemas personales y la acción empieza después de una interminable hora de película. Hay una emboscada, con tiros poco aparentes, de fusil ametrallador, y los extras se mueren sin ganas. Quizá se mueran así por orden del director, porque medios no les faltan; de eso te das cuenta cuando explota la mina que destroza al sargento Bastry y la pantalla parece salpicarse de trozos de carne ¡una pasada! Finalmente los vietnamitas huyen, dejando bien claro que además de crueles y traicioneros son unos cobardes, entonces los pocos supervivientes americanos, que se llaman Curtis, Ramson y Mettler, entran al poblado sin un jefe que ponga algo de orden en el grupo. Es en el poblado derruido, entre las ruinas de un templo budista, donde ocurre la mejor escena. Curtis y Ramson descubren a una vietnamita escondida tras los escombros. A pesar de la suciedad y la cara de espanto resulta guapa para ser asiática, más que las chinas sumisas de los videos porno. Los dos soldados le preguntan por el campamento del comando enemigo, pero claro, ella no los entiende y Curtis tiene que refrescarle la memoria pegándole en la cara. Ramson, que está muy nervioso desde que explotaron las minas tiene una idea mejor y le rompe los botones de la blusa para retorcerle los pezones. La imagen pierde calidad en el DVD, sobre todo al congelarla, sospecho que algún otro salido anterior a mí se ha pasado el rato dándole a la sucesión rewind-play-pause-rewind, tetas dentro tetas fuera, hasta quemar el disco, pero a pesar de todo da la impresión de que el color de la piel no influye para que los pezones de las chinas sean como los de las blancas, no pasa como con las negras, ya me entiendes.

A pesar del tiempo que le he dedicado a estos pensamientos la cuestión del desnudo no era lo realmente importante, sino que los dos soldados se quedan estupefactos cuando ella les llama cerdos. Entonces se les plantea la misma duda que a los espectadores; no hay forma de saber si ella realmente los entendía y no quería hablar o si cerdo era la única palabra que había aprendido a decir en inglés. Ante la duda Ramson, el nervioso, le arranca lo que queda de vestido y la empuja al suelo sin dejar de pegarle. Se tumba sobre ella demasiado pronto, tanto que no me he molestado en detener la imagen para ver si pillaba de refilón un trozo de pubis oriental.

Alarmado por los gritos de la vietnamita Mettler, que es el bueno de esta historia como ha quedado demostrado en escenas anteriores, entra en las ruinas del templo. Curtis le apunta con su fusil para detenerlo. Mettler no se lo piensa dos veces y vacía el cargador sobre su compañero. Ramson se separa de la chica, sale corriendo, en su huida pisa una mina y ya está.

No se parece en nada pero Ramson, tan falso y peligroso, me ha recordado al novio de mi hermana durante toda la película. Por lo demás, la película termina bien. La vietnamita ayuda a Mettler a escapar y él, al llegar al campamento americano, se confiesa culpable de haber matado a un compañero y cuenta lo ocurrido en el poblado. El comandante le advierte que debe olvidar el asunto, que procedió correctamente porque los americanos están allí para ayudar al pueblo, no para sembrar el odio. Luego lo repite de dos o tres formas diferentes para que le quede claro al espectador más estúpido. Supongo que estarían pensando en el cociente intelectual del novio de mi hermana cuando grabaron esas escenas. Al final suena un himno militar, sale el sol, izan la bandera de barras y estrellas y aparecen los títulos de crédito.

Desde que terminó la película se pasea por mi mente una sola idea: El imbécil del novio de mi hermana convertido en Ramson y ella en una vietnamita indefensa a su merced.

A las cinco y media iba a merendar. Al pasar por el cuarto de mi hermana he abierto la puerta. Sobre la cama tiene una muñeca enorme con cara de china, vestida de china. La ganó el imbécil de su novio en una tómbola. Él tiene su tremenda cara de bobo satisfecho enmarcada en un portarretratos rosa sobre la mesita de noche y es seguro que está mirando a la china con los mismos ojos de deseo que miraba a mi hermana mientras le hacía la foto. Sin previo aviso el retrato se ha abalanzado sobre la muñeca dándole un puñetazo en su enorme barriga de trapo. La china se ha defendido arañando la cara del bobo hasta hacer añicos el cristal del portarretratos, pero Luis-Ramson es un tipo duro y agarrando las piernas de la vietnamita le ha quitado los zapatos y uno de los pies ha salido con ellos. Con la pierna sana la muñeca ha asestado una patada al marco rosa y el de la cara de bobo ha quedado indefenso. En ese momento me he convertido en el justiciero Mettler y con todas mis fuerzas he apretado el cuello del retrato. Al final la muñeca ha resultado ser un fardo de trapo, la fotografía una bola de papel arrugado y yo una completa confusión sobre la cama, con las bragas de rayas azules empapadas.

Tengo la boca seca pero puedo reconocer perfectamente el sabor a madera del Scotch Whisky aged 12 years. Lo ocurrido debe haber sido cosa suya. No volveré a probar nunca esa pócima.

Las seis menos cuarto. Tengo que irme antes de que vuelvan y no sé cómo explicarle esto a mi hermana: su cama revuelta, el portarretratos roto, la muñeca destrozada y sus apuntes de Derecho desparramados por el suelo.

Hoy es un día de ideas brillantes, pienso al salir al jardín para liberar al precioso basset. Seguro que ella estará encantada de encontrarlo en su habitación, saltando sobre la cama, comiéndose sus apuntes, jugando con las figuras de porcelana y lamiendo el retrato de su amo. A ver cómo explica esto el imbécil del novio de mi hermana.

 

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